Tiempo de chumicos: Lo bueno, si breve …
Por Yadira Calvo


El pasado 17 de diciembre se hizo la presentación pública del segundo libro de Juan Diego Castro,"Tiempo de Chumicos", y el primero suyo de carácter lírico. Dos meses más tarde la librería Claraluna lo reporta como el segundo de los cuatro mejor vendidos, lo cual indica una magnífica recepción por parte del público.

No obstante, extraña el silencio de piedra de la crítica, así como las alusiones filosas en plan de humor con que en uno de los suplementos culturales se hace una levísima referencia a él.

Tal vez se le recrimina de algún modo al autor incursionar en un género con “dueños” reconocidos; tal vez es sólo la sorpresa de quienes lo conocen por su actividad política, por su condición de abogado, o por el estilo de sus artículos en la prensa o por el tono y el tema de su obra anterior.

Pero no hay mejor medicina contra el prejuicio que el conocimiento. Quien lea "Tiempo de chumicos", no hallará aquí nada de la pluma ácida y mordiente a que Juan Diego Castro nos había acostumbrado. Aquí, más bien, la ternura, el erotismo, la delicadeza, la captación del mundo tamizada por la poesía; y la ironía sí, también, todo ello como corresponde no sólo al carácter del autor sino al del género que cultiva.

A través de la historia desde sus inicios, el haikus ha venido sedimentando humorismo, ingenio, profundidad afectiva, conceptuosidad y sensaciones, todo ello concentrado en unas pocas sílabas. Esa es su dificultad y ese es su mérito.

Difícil arte, exigente para quien lo escribe y para quien lo lee: no se le puede recibir en pasividad, sino contribuyendo mental y emocionalmente, porque más que decir, sugiere; más que nombrar, alude; más que ir al grano, apenas si lo roza de modo tangencial.

En aquellos poemas en que trata de asuntos nacionales, como “Gol”, “La política”, “burócrata”, “Carreteras”, y “Plástico”, Juan Diego Castro manifiesta mucho de la mordacidad de sus textos anteriores, y si bien como crítica resultan acertados, como poesía se resienten de cierto prosaísmo. Por suerte para la calidad general del libro, estos son los menos.

El tono general del poemario es la delicadeza de sentimiento y la belleza de la expresión. Obsérvense, por ejemplo, “Orquídea” (“Rojo saxofón,/solista de un trío/de orquídeas”); “Pasión” (“Brillante comal/enrojecido en las/piedras de mi piel”); “Tu nombre” (“Bordé tu nombre/con agujas de guarias/y girasoles”); “Templo” (Mosaicos blancos/verdad y mentira de/ladrillos negros”).

Hay quien fabrica complejos barcos en botellas; o quien pinta paisajes en cabezas de alfiler; hubo quienes miniaron detalladas escenas en segmentos mínimos de pergamino; hay quienes, como Juan Diego Castro, expresan una gama de tonalidades afectivas en unas cuantas sílabas. Es el difícil arte de la abreviatura, conseguido con nítidos perfiles. Observada la obra, gozado el paisaje, saboreado el detalle, leído el libro, nos queda la agradable certeza de que lo bueno, si breve, dos veces bueno.