Marzo todopoderoso o el color de la locura

Oscar Núñez Olivas

Todo empieza con una carcajada: "yo riéndome y riéndome con la risa floja de mis diecinueve años. Qué livianos eran entonces mis dientes. Yo riéndome y riéndome sin poder parar. Juro que no podía"… Y a lo largo de un centenar de páginas la risa nos convoca, nos fascina y nos ata a la historia.
Uno piensa que la narración seguirá ese curso, dulce y liviano, hasta el final, con muchos desatinos de juventud, ridículos de edad madura y otras tonterías humanas por el estilo, pero ya veremos que en el camino nos aguardan sorpresas. Sorpresas de todo tipo, porque Marzo todopoderoso es un acontecimiento en la literatura costarricense, una obra en que se mezclan el buen dominio del idioma, la habilidad narrativa, el sentido del humor y la profundidad psicológica.

Marzo todopoderoso, de Catalina Murillo, narra las peripecias de Azul y sus amigos en los alrededores de la Calle Cáustica, en las cercanías de la Universidad.

Su autora, Catalina Murillo, vive en España y trabaja en la producción de guiones para televisión, rutina con la que seguramente se han robustecido su imaginación y su pluma.
Hace un par de semanas, estuvo en San José para encabezar la presentación de ésta su segunda novela, editada bajo el sello Ediciones Perro Azul, pero como suele ocurrir con la entrada en escena de los grandes talentos, todo ocurrió un tanto silenciosa, recatadamente.

Azul: el color de la locura

Marzo todopoderoso nos cuenta el paso de una jovencita universitaria por unas vacaciones huecas, digamos desoladas, que intentará ocupar en la conquista, apropiación y destrucción de un pobre artesano cuarentón, que se las tira de encantador y listo. No hay premeditación en tal propósito, pero llegada la hora será mucha la saña y alevosía con que acometa la empresa.
Ella se llama Azul, pero éste es un nombre falso, lo mismo que sus palabras, sus gestos de amor, sus intenciones, la totalidad de su vida.
La jovencita de 19 años y cuatro cuarentones, desconocidos para ella, coinciden en la mesa de un bar, y no cualquier bar sino precisamente el de Gordo Malón, sito -como todos sabemos- en la Calle Cáustica, más conocida hoy como Calle de la Amargura, esas tétricas tres cuadras que -todavía en esos tiempos- transcurrían entre dos memorables instituciones (la agencia del Banco Anglo en San Pedro y la Soda Guevara).

"En primer lugar, excepcionalmente bien escrita, un manejo del castellano notable. En segundo lugar, posee profundidad psicológica, construye personajes estupendos. En tercero: un sentido del humor muy fino, que te hace reír mucho..., y en ocasiones hasta llorar. En cuarto lugar: creo que es una novela moderna, muy ubicada en el contexto urbano, contemporáneo y creo en general es digna de ser considerada por la crítica nacional."

"Al final de cada tarde, un velo fino y pegajoso como una telaraña de euforias y melancolías cae sobre el bar de Gordis Malón y envuelve a los comensales. Es en ese momento cuando la fiesta llega a su frenesí apocalíptico, ese instante fugaz, incontrolable, en que todo sucede con la fe optimista de que no existe un mañana y de que asistimos al ensayo general de la celebración del fin del mundo: la fiesta entre las fiestas".
Este es el escenario del encuentro, encuentro imprevisto de efectos insospechados. Azul busca algo que llene de interés sus recién estrenadas vacaciones, con poca o ninguna conciencia de lo que realmente persigue. El cuarentón, como sus tres amigos y todos los cuarentones del planeta (o casi todos), se juega la vida a un improbable lance con una muchachita hermosa y descarriada. Y pega la lotería.
El también tiene un nombre propio, pero el lector sólo recordará el apodo: Lota. Este co-protagonista de la historia tampoco parece auténtico y nos apoyamos para decirlo en las palabras de la propia narradora: "los nuevos gustos impuestos por la moda lo habían atropellado, él era ver un modelo de marlboro de los setenta y se había quedado con la idea de estar para ser comido".

De la risa al llanto

El resto es la parte mejor, la que no se cuenta. Sólo diremos que esta novela constituye un interesante viaje por los entreveros del alma humana, por las miserias que se agazapan tras el esplendor de la carne y las luces del intelecto.
La divertida Azul de las primeras páginas se nos va haciendo verdaderamente temible y la risa se nos enrarece con un poco de espanto y, finalmente, con un poco de compasión.
"Azul intenta reír, intenta llorar, intenta dejar de existir, y no pudiendo hacer ninguna de las tres cosas, sueña con correr tras su madre, lanzarse a sus pies, besar su bata mugrienta y pedirle perdón, perdón, perdón por haber nacido…. Es que no hay nada. No hay nada dentro de ella. Nada fuera de ella. Pero hay un abismo entre las nadas" (el subrayado es nuestro).
Es interesante cómo Murillo construye ese viaje por la interioridad de los personajes: uno siente cómo van cayendo los velos uno a uno y empieza a temer que esas almas se desnuden del todo, que se arranquen la piel y se nos muestren en carne viva.
Los temores se confirman. Entonces, el relato se torna conmovedor porque hay algo tremendamente familiar en esos personajes descarnados, quizá nos sentimos retratados en ellos, en su naturaleza frágil, en su simultáneo miedo a la soledad y al afecto.
Además, en Marzo todopoderoso, Catalina Murillo exhibe una habilidad impresionante para crear imágenes contrastantes, explosivas, hirientes, que a cada paso nos sacuden la conciencia. Uno no sabe de dónde saca las palabras ni cómo las teje para que encajen milimétricamente con los hechos, con los personajes, con las descripciones, como si todo formara parte de un magnífico ingenio de relojería.
En síntesis, esta es una novela de lectura obligatoria para quien pretenda seguir el pulso a la novelística costarricense, y para desengañar a quien piense que no tenemos presente ni futuro en la literatura mundial.