Pesadillas de un hombre urbanoEnrique Castillo, jurisconsulto y sociólogo, ha tenido una reconocida trayectoria en el campo político y diplomático. Pero también es escritor, aunque muy pocos conocen esa veta de su personalidad.
La editorial Norma acaba de publicar un libro de cuentos suyo titulado Pesadillas de un hombre urbano.
Uno pensaría, al leer el título, que Castillo pretende introducirnos en el marasmo de San José, en la pesadilla del tránsito atascado, los atracos de los chapulines, los niños mendigos, la prostitución y los travestis.
Algo asoma, tras una fuerte cortina de metáfora, de esas situaciones. Pero a Castillo le interesan, más que las denuncias de lo circunstancial o histórico, del desencadenamiento de lo sustancial y filosófico.
Muchos de esos relatos tienen como punto de partida la polusión, la burocracia o la deshumanización de los citadinos, pero por encima de esos temas de la vida cotidiana, logra remontarse al destino colectivo, planetario y a veces universal, en el que trepida el ser humano.
Casi todos los cuentos tienen como escenario la vida urbana, pero algunos aún se sitúan en los pequeños pueblos sin nombre. En esos casos, como sucede con Borges, la traslación del ambiente rural dista de todo folclorismo. El borrachito del barrio, el cura y el maestro rural son solo intrumentos para desentrañar problemas universales.
Castillo, comoél mismo confiesa, comenzó a escribir en su adolescencia, pero pronto se percató que necesitaba vida para poder alcanzar las metas literarias que se proponía. A los 21 años cerró sus libretas, y se propuso no volver a tomar la pluma antes de los cuarenta. Se le atrasó el cumplimiento de la autopromesa, y apenas a los 45 recomenzó su labor de escritor.
No es de sorprender por eso que no pocas veces su prosa es ruda, un poco simple, como madera sin cepillar. Falta oficio, sin duda. Pero en general es una obra bien escrita, nacida de un hombre cultísimo, que sabe utilizar con propiedad el idioma.
Un obra que va a gustar porque tiene ese encanto, un tanto ingenuo, de lo fantástico y que, además, como él mismo afirma, es producto de un largo camino de conocimiento del alma humana, recorrido de manos de su profesión de penalista.