"La mujer que se sabía todos los cuentos" de Carlos Rubio
Por Virginia Caamaño y Nuria Isabel Méndez

La semana pasada se presentó el libro "La mujer que se sabía todos los cuentos" del escritor costarricense Carlos Rubio, Clubdelibros celebra con orgullo este acontecimiento compartiendo con ustedes los dos comentarios de las presentadoras de esa noche: Virginia Caamaño y Nuria Isabel Méndez.

La mujer que se sabía todos los cuentos...
pero no sabía su nombre

Virginia Caamaño M.


Aunando su voz a otras voces, con el propósito de llenar silencios ancestrales, Carlos Rubio introduce en este libro, desde el título, la figura de una mujer, que respondiendo a las exigencias de la ideología patriarcal, da vida con su voz a todo lo sucedido a otros, lo escrito y contado por otros pero... no sabe quién es ella, no conoce su nombre, quiénes fueron su madre o su padre, sus abuelas y abuelos...

Como ha sucedido con las mujeres... desde hace tanto tiempo... no tiene memoria de ella misma, de su historia, sólo de hechos y nombres ajenos. Es una mujer parecida a nuestras madres, parecida a tantas otras, generosa con los demás, pero no se le ha permitido serlo con ella misma. Al no conocer su identidad deja que la llamen con muchos nombres distintos, nombres que en su interior no tienen resonancia alguna.

Afortunadamente para esta desmemoriada mujer poseedora de tan grande memoria , gracias a la magia de la escritura, ella pasa de contar historias a ser la protagonista, la heroína de un relato maravilloso, dentro del cual debe iniciar un viaje en busca de su nombre. Del mismo modo que los héroes clásicos, para alcanzar su meta debe enfrentar ciertos retos, de lo contrario quedaría atrapada para siempre en los renglones del misterioso texto. Continuaría invisibilizada, innombrada para siempre.

Igual que las protagonistas en otros cuentos, leyendas e historias, la nuestra recibe la ayuda de seres excepcionales, en este caso una cadena de mujeres del pasado, quienes en su momento también fueron llamadas con nombres que no eran los suyos, pero que al final triunfaron y son cada vez más reconocidas, con sus nombres verdaderos y sus historias.

Mágicamente, (¿y cómo no llamar mágica a la lectura?) mientras "la mujer que no sabía su nombre" lee se introduce en el mundo del relato, convirtiéndose en testigo y partícipe de los acontecimientos. Así obtiene una primera explicación de lo que deberá enfrentar, de labios del mejor, del más extraordinario escritor americano de la época colonial. Ese escritor es una mujer que vivió en el México del siglo XVII: Sor Juana Inés de la Cruz, quien ingresó al convento como único camino para dedicar tiempo, no a los rezos, sino al estudio, ya que las mujeres en esa época no tenían acceso a la educación, al conocimiento. De paso, por medio de nuestra protagonista, atestiguamos también la misoginia -ese odio, ese desprecio hacia las mujeres- tan evidente entonces y que en nuestros días persiste en distintos sectores de la sociedad, que se empeñan en negar las capacidades, sobre todo intelectuales, de las mujeres, intentando impedirles su participación en la vida pública, en la vida cultural de su sociedad.

Sor Juana le indica a nuestra heroína la necesidad de continuar su viaje para visitar a 7 mujeres, amigas, hermanas... cada una de las cuales le entregará una letra, que deberá ordenar adecuadamente para descubrir su nombre. Viaja entonces a lo largo del tiempo y del espacio: conoce en Quito a Manuela Sáenz, valiente y segura de sí y de su amor por Simón Bolívar; en Chile encuentra a Gabriela Mistral, primera entre todas las escritoras y los escritores de la América Latina en obtener el premio Nobel de Literatura, dirigiendo un coro universal que canta al amor y no al odio. De vuelta en México, se admira ante la fuerza en el trazo y los vivos colores que Frida Kahlo le imprime a sus pinturas, las cuales le ayudan a enfrentar el dolor, compañía permanente y a la muerte, que siempre la ronda. Ahí también se solidariza con las luchas por la justicia social y la libertad emprendidas por la escritora costarricense Carmen Lyra, quien debe pagar con el exilio su participación en la vida pública. A continuación, "la que no sabía su nombre" sube en una barca y llega a la Argentina, donde admira los versos y la personalidad de Alfonsina Storni y más tarde, en Costa Rica, conoce a una Eunice Odio de cuatro años, que vuela por los cielos de la ciudad capital en el legendario caballo blanco Pegaso, por lo cual es llamada desobediente. Vuelo que continúa en la edad adulta por medio de su poesía. Termina su viaje en Chile, escuchando a la multifacética artista Violeta Parra, quien presta su voz a los marginados, a los que no se les permite hablar.

Todas estas mujeres y muchas otras que no conocemos han sido censuradas, silenciadas. Se les ha llamado con muchos nombres: desobedientes, rebeldes, peligrosas, hablantinas, solteronas, locas... pero ninguno corresponde a su nombre verdadero, pues ellas no se reconocen en él. Por eso es tan necesario conocer sus historias a través de sus propias creaciones, de sus propias voces. Ellas son nuestras familiares, nuestras antepasadas, nosotras continuamos su camino, el escogido por ellas mismas y no el que se les mandó a tomar.


De ahí la riqueza simbólica del tejido mágico de Carlos Rubio, donde cada una de estas antepasadas amigas le da una letra a "la que no sabía su nombre", quien al ordenarlas descubre que se llama igual que nuestro continente. América. Este es un nombre femenino. Y como sucede con las mujeres, su historia tampoco ha sido escrita y contada por ella misma sino por otros. América debe hablarse, definirse desde ella y en esa tarea estamos. Lo mismo que nosotras.

América, la protagonista del relato, la heroína que culmina exitosamente su periplo, al descubrir su nombre empieza a recordar las letras de una canción de cuna cantada por su madre. Canción antiquísima, regalada a sus hijos por sus madres en todas las épocas. Oralidad, historia y cultura vistas desde una perspectiva femenina -que incluye a las mujeres y no excluye a los hombres. De esta manera se reconstruirán integralmente la memoria y la educación. Un texto como el de Carlos Rubio, inscrito como "literatura para niñas, niños y jóvenes" en el cual aparecen las mujeres indagándose, contándose, definiéndose, es un texto que también construirá sendas distintas a las patriarcales, por donde esas nuevas generaciones transitarán hacia un mundo futuro más justo, en el que cada persona será vista como tal y no descalificada en razón de su sexo, como le ha venido sucediendo hasta ahora a la mitad de la humanidad.

Acompañadas por hombres como el autor del texto, que no teme escribir sobre la represión, censura y exclusión a la que se ha sometido históricamente a las mujeres y de la mano de otras mujeres del pasado y del presente, apoyándonos solidariamente, lograremos conocer nuestra historia. Conoceremos finalmente nuestros nombres al reconocer en las voces de nuestras madres, de quienes escuchamos las primeras palabras, las voces de la memoria de toda la humanidad y el lugar que ocupamos en ella.


De mariposas amarillas como el sol
Nuria Isabel Méndez Garita
Filóloga

En los últimos años, he seguido su trayectoria y doy fe de su evolución como escritor; de su crecimiento personal y por eso me complace cada vez más encontrarme con sus textos llenos de leyendas, de mitos, de tradiciones; con sus textos que son nuestros propios textos que nos recorren; con sus textos que llevan la voz de nuestros ancestros prehispánicos.

En su libro La mujer que se sabía todos los cuentos, me llaman la atención dos cosas: por un lado, las aves, las mariposas y el juego de palabras que usa para recordarlas. Su revoloteo nos traslada a pasajes diferentes, sus alas nos sacuden el polvo que pesa sobre nuestras historias; historias que tapamos con el olvido.

Por otra parte, el sol, el dorado, el amarillo y la luz. Nos recuerda al pueblo del sol y, quizá también, a la búsqueda eterna de los colonizadores de América por "el dorado,"; lo irónico es que no supieron nunca que esa riqueza era nuestra tierra, nuestras raíces, nuestra cultura.

Las mariposas y el sol. Estos dos elementos que recorren la narrativa de Rubio, y en especial el libro que hoy nos reúne aquí, están ligados a la libertad, a los niños y a las mujeres. A la libertad buscada por los guerreros; a la libertad que produce el poder volar; a la libertad que nace cuando se usan la palabra y el canto, que son capaces de derrumbar fronteras. Ligados a los niños por su inocencia y a la mujer, porque la mariposa es vista como diosa que representa el fuego y el amor. Por eso con frecuencia encontramos entre los cuentos de Rubio, expresiones como "aleteo de mariposas", "medalla de oro," piel pintada por el sol," "manto amarillo, "sol que brotaba fuego por la boca" y "palabras que parecen mariposas." Y todas estas expresiones parten de la voz de una mujer.

¿Y qué puede significar esto? ¿De dónde provienen las mariposas que parecen palabras? Entre los aztecas, la mariposa Monarca tiene importancia, pues aparece en representaciones de su arte, sea en sus tejidos o en los pectorales que usaban los guerreros; la representó en sellos, trabajos de pluma, pequeñas mantas, algunos códices y grabados. En tiempos antiguos, la mariposa fue transformada en una diosa, la cual a su vez era símbolo del amor, diosa de las flores, de la vegetación, representación del fuego, entre muchas otras atribuciones.

Como representaba el fuego, entra en el símbolo hecho por los mexicanos para representar la guerra. La movilidad de la mariposa los hizo tomarla por símbolo del movimiento del Sol (Nahui Hollín) y era símbolo de los dioses del camino (Tlacon tontli y Zacatontli).

Los aztecas reconocieron la Monarca como la Mariposa Sagrada (Quetzalpapalotl). El insecto causó tal impacto que fue objeto de culto. Creían que las mariposas eran angelitos de niños muertos que regresaban a la tierra, veían en sus alas una cara humana. La mariposa era la representación de los héroes y de personas importantes que habían muerto; también lo era de las almas que tienen su casa en el cielo, de los guerreros caídos o de los guerreros sacrificados, así como de las mujeres muertas en el parto.

El grupo mazahua la conoció con el nombre de "Hijas del Sol"; tal vez por el color brillante de sus alas o porque con el despertar de la Monarca, llegaba el sol de la primavera y con ella, todo el empuje de vida que esta estación trae consigo.

La poesía indígena de los guerreros osados, hacía referencia al gran interés que centraban en la naturaleza, ya que poseían una extraordinaria sensibilidad para apreciar y gozar aspectos sobresalientes, de allí que en sus escritos existan claras referencias sobre las mariposas, y en ocasiones eran el objeto del poema, y en otras, se empleaban con un sentido metafórico. No nos extrañemos, entonces, que sobre el pecho de Manuela brille la medalla de oro, con la leyenda "al patriotismo de los más sensibles."

Este insecto diurno o nocturno, provisto de cuatro alas; en constante movimiento, capaz de atravesar fronteras y muy versátil, nos representa, en un sentido metafórico a las mujeres del libro. Aquí parecen: la mariposa/sol; mariposa/ángel; mariposa/niña; mariposa/mujer; mariposa/guerrera; mariposa/camino; mariposa/movimiento. Y estas referencias se asocian con el trazo, las palabras, la pluma y el tintero, en consecuencia, con la escritura. Y esa escritura es de mujeres libres

Indiscutiblemente, el libro nos ubica en el tema del género; en la mujer y su palabra. Y esa mujer es la que cada una de nosotras lleva por dentro, la que recorre nuestra sangre, la que nos enseña nuestras raíces, la que nos habla de libertad, de rebeldía, de amor, de lucha, la que nos une. Esa mujer es la guerrera, la que ama la vida, la que abre sus alas y recorre los caminos sin temor; esa mujer impone su voz y no calla; esa mujer es la que desaparece fronteras. La sociedad ha tratado de acabarlas, sin embargo, su brillo dorado resplandece; son las diosas que nos marcan el camino y llevan "la piel pintada por el sol de sus padres indígenas", como nos dice el cuento Dame la mano y danzaremos, dedicado a Gabriela Mistral.

Los antiguos mexicanos tuvieron un gran conocimiento de los tipos de mariposas y de la vida de éstas y las hicieron parte de sus mitos y supersticiones, de su religión. Así es como ha sido tratada la mariposa desde generaciones atrás, como símbolo social único e importante y cada año la población completa de Mariposas Monarcas emprende el vuelo hacia la ruta destinada, como el revoloteo de palabras de Sor Juana Inés, Alfonsina o Eunice, llega a nosotros y seguirá llegando, si la sociedad se lo permite; si nosotros sabemos escuchar, si sabemos cuál es el camino a seguir.

Si nuestras culturas indígenas las llamaban "Las hijas del Sol", es porque tenían el poder de predecir buenos tiempos. Las mujeres de los cuentos, pequeñas en tamaño como las mariposas, valiosas como el sol, son y serán necesarias para reconocernos como latinoamericanos. El libro nos augura buenos tiempos.

Quedamos todos invitados a buscar en cada cuento de Carlos Rubio, palabras/mariposas "que se nos meten por la cabeza" y a no dejarlas escapar, sino a partir con ellas, a querer ver el sol, a buscar el "fuego blanco," a levantar el vuelo de la libertad.


Referencias bibliográficas


Caso, Alfonso. (1978) El pueblo del sol. Fondo de Cultura Económica. Tercera reimpresión. México

García Pelayo, Ramón. (1985) Diccionario enciclopédico. Larousse. Sexta edición. Mexico

González, Yolotl. (1995). Diccionario de mitología y religión de Mesoamérica. Larousse. México

León Portilla, Miguel. (1972). De Teotihuacan a los Aztecas. Antología. UNAM. México.

Rubio, Carlos.(2003) La mujer que se sabía todos los cuentos. Editorial Norma. Torre de papel, San José, Costa Rica