La escuela y la felicidad del lector
Carlos RubioBasta leer algunas preguntas de la Prueba Nacional de Español, que se le practicó, en años anteriores, a los estudiantes que concluyen su sexto grado en la Educación General Básica para darse cuenta de que los niños transitan un terreno difícil. Las preguntas se resuelven al seleccionar una opción entre varias posibilidades. ¿Se puede expresar un texto literario al dibujar una equis sobre una lista de respuestas?No lo sé. Más me parece que cuestionar algún concepto sobre una expresión artística --llámese plástica, cinematográfica, escénica o literaria-- nos lleva a un sinnúmero de respuestas, de encuentros, desencuentros y reencuentros con el arte en los cuales ni los textos ni nosotros reaccionamos de igual manera, pues, nos transformamos y nos convertimos en discursos distintos. Somos gotas que discurrimos por el río de Heráclito sin más remedio que resignarnos a cambiar a cada instante.
Los estudiantes de Secundaria se ven obligados a leer los textos escogidos por una comisión que la Asesoría Nacional de Español ha encargado para esos fines. Un grupo de adultos, que insisten en conocer los intereses de niños y adolescentes, seleccionan los textos más adecuados para ellos. No en vano, y por fortuna hasta el año pasado, se compelía a los estudiantes a leer El Principito de Antoine de Saint Exupéry y Cocorí de Joaquín Gutiérrez. Los resultados no parecen ser optimistas: A pesar de que el Instituto de Estudios Sociales en Población (IDESPO) de la Universidad Nacional (2000), da a conocer que el 91% de los habitantes de la gran área metropolitana consideran que leer es "muy importante", se observa que el 90% lo hace con la finalidad de educarse, que el 4% por necesidad u obligación, el 2% ofrece varias razones y tan solo un 1% afirma que tiene el hábito de la lectura.
Según el Instituto de Estudios Sociales en Población (IDESPO) de la Universidad Nacional (2000), el 91% de los habitantes de la gran área metropolitana consideran que leer es "muy importante", se observa que el 90% lo hace con la finalidad de educarse, que el 4% por necesidad u obligación, el 2% ofrece varias razones y tan solo un 1% afirma que tiene el hábito de la lectura.
Es por eso que resulta importante volver la mirada hacia quienes han amado los libros y han visto en ellos "una forma de felicidad", quienes han descubierto, en las bibliotecas, caminos inacabables, siempre distintos y maravillosos. Es por eso que no deseo recurrir a la pedagogía, sino a la propia literatura. La pedagogía insiste en ofrecer respuestas a un acto que es, esencialmente, literario. Así que, empecemos por interrogar al poeta argentino Jorge Luis Borges sobre su experiencia de lectura. De ninguna manera, se puede afirmar que Borges escribiera sobre educación. Y me parece que tratar de convertirlo en pedagogo o didacta sería traicionar su razón de ser. Él fue un escritor por excelencia. En su conferencia "La poesía" hace un llamado enfático. "La idea de lectura obligatoria es una idea absurda: tanto valdría hablar de felicidad obligatoria".
"La idea de lectura obligatoria es una idea absurda: tanto valdría hablar de felicidad obligatoria" BorgesY aquí,nos encontramos con el eje central de mi participación: la lectura es una forma de felicidad. Y ese sentido de "ser feliz" se debe a que la poesía, en su etimología: la poiesis -o la literatura en sí misma--, es ambigua. "Los versos son felices porque son ambiguos", expresa Borges y nos hace pensar que el sentido original de la escuela: la schola, según el latín, constituía una casa de recreo. Tal re - creo podría leerse de diferentes formas. No se trataba de un lugar de ocio, sino de re - crear, volver a crear lo aprendido. La felicidad no es precisa, es imprecisa "como el espejo, el espejo de la penumbra", sigue diciendo el escritor. Nada que se haga por obligación podría encontrar felicidad y, precisamente, formamos estudiantes que no seleccionan, de manera autónoma, lo que desean leer. Esperan las instrucciones de los profesores, quienes a su vez, esperan instrucciones de la Asesoría Nacional de Español del MEP, quien a su vez, espera más instrucciones de los organismos internacionales que facilitan préstamos y donaciones millonarios.
Dentro de un sistema complejo, donde existen muchos intereses ideológicos -que comprenden los económicos--, el deseo de niños y adolescentes parece quedar subyugado a criterios de autoridad. Son intereses políticos, religiosos o morales de muchos profesionales que creen saber cómo "enseñar la literatura". Para Borges, precisamente, quienes sienten escasamente la poesía, se dedican a enseñarla. Y la poesía es "no enseñable" porque para poder "sentir" su feliz ambigüedad hay que percibir lo alado, etéreo y misterioso que difícilmente puede atraparse en las definiciones de diccionarios y crestomatías. La poesía no se puede enseñar porque constituye un acto, esencialmente, amoroso. Y el amor sólo se puede sentir intensamente, no es posible convertirlo en una acción didáctica con la ayuda de antologías plagadas de lecturas que pretenden ser unívocas. El hecho estético podría ser encontrado en la emoción, la conmoción, el sentir indescriptible. No es posible hallarlo en precisas definiciones atrapadas en diccionarios. ¿Cuál lexicón es capaz de conceptuar "el sabor del café, el color rojo o amarillo o el significado de la ira, el amor, el odio, el amanecer, el atardecer o el amor por nuestro país"?
Pero, tal vez, sea el hecho estético lo que nos permite mantener interés por la vida. Es esa sensación de belleza en la que se funda el deseo de convivencia y las más prístinas realizaciones de los seres humanos.
Si el hombre perdiera los pájaros del aire, los poetas inventarían nuevos pájaros, sacarían perlas al surtidor, sangre a la música, para imitar el canto fenecido.
Si el hombre perdiera las flores de la tierra, los poetas se las devolverían en cada nube del atardecer, en cada sueño de sus noches. Redivivas por el canto inextinguible, el hombre no podría olvidarlas, y entonces, para él, todo el año sería primavera.
Si el hombre perdiera los poetas, seguiría siendo el dueño del mundo; pero no escucharía el canto de los pájaros, aunque los pájaros cantaran todos los días, ni aunque la poseyera, él sabría en verdad lo que es la rosa.Sin embargo, en las escuelas costarricenses se sigue cumpliendo con un currículo que privilegia la identificación de metáforas, símiles, hipérboles y prosopopeyas; el hallazgo de temas y personajes principales y secundarios; la intencionalidad del autor y hasta las "moralejas". Los maestros tratan de comprender cómo se pueden establecer diferentes niveles de lectura: literal, inferencial, evaluativa y recreativa -según la terminología oficializada por el MEP--, se nos olvida que, al leer un texto en el que hallamos el hecho estético, un texto "que fue escrito para nosotros", relacionamos todos los niveles de lectura, cual si se tratara de un enjambre, y no establecemos escalones desligados unos de otros, semejante a una gradería que nos lleva de un nivel inferior a otro superior.Tal como lo señala Graciela Montes, los docentes no saben dónde poner la literatura dentro de la escuela. A mí se me figura que caminan con los libros, por diferentes rincones del aula, sin encontrarle un lugar. El currículum no ha dispuesto un sitio adecuado para ellos. Por eso hay que justificar su incómoda presencia con pretextos como "este poema se puede correlacionar con el problema ecológico", "este cuento es perfecto para la integración del tema de los valores", "esta leyenda sirve para tratar la efeméride del mes". Y vale la pena preguntarse, ¿tendrá la literatura la posibilidad de entrar, alguna vez, con la frente en alto al aula? ¿Podrá el arte prescindir de justificantes y, por derecho propio, conmover, entretener, dejarse sentir entre los miembros de la clase?
Y ante la tensión que se vive en la dicotomía "lector fallido / crítico potencial", podríamos establecer el siguiente esquema:Lector ávido Lector fallido Crítico potencial Crítico asumido
Y podríamos mencionar que el estudiante divaga, a manera de un péndulo, en una tensión entre los dos aspectos centrales. Discurre entre llegar a ser un lector fallido y un crítico potencial que apenas aprende a reconocer algunos elementos básicos de análisis literarios en textos que significaron poco o nada para él.
Los educadores insisten en ver una lectura cerrada, unívoca, en el texto literario, olvidándose de la multiplicidad de lecturas que surgen al apoyarse, con argumentos válidos, sobre las teorías literarias y el propio texto. Acá tropezamos con una interrogante más difícil ¿leen los maestros y los bibliotecarios? Porque si no hay lectura, los libros no pueden moverse de sus estantes y correr en busca de alguien que, aunque sea por caridad, los ame.
Para poder gozar un libro, hay que mirarlo. Y creo que es necesario repensar el ejercicio de la mirada. Hay que saber mirar los libros, reconocer en cada uno de ellos diferentes formas de viaje. Ver en ellos la posibilidad de trasladarnos a espacios no imaginados. En ver, en algunos libros, la posibilidad del sueño. La biblioteca es, entonces, una geografía de sorpresas. Es el País de las Maravillas que visitó Alicia, donde el orden se desordena en un nuevo orden. Donde el principal personaje es el lenguaje, como lo señala el propio Borges. Es el discurso que nos llama a partir del texto escrito, de la ilustración, de los mapas, de las diversas grafías que se esconden en los libros.
La biblioteca es, también, la Isla de Nunca Jamás. Allá, evocando la novela de Sir James Barrie, volvemos a ser niños, a sentir el asombro de la infancia y a vivir las aventuras que nos inquietan como si fuéramos Peter Pan o Wendy en medio del lago de las sirenas, alrededor de la fogata de una tribu india o a punto de saltar, completamente atados, por la tabla del barco de los piratas.
Los libros, objetos inanimados e inertes, pueden recuperar el habla, una vez más, cuando los leemos. Pero, ¿qué ocurre al vernos obligados a hacer lecturas obligatorias, y a "resucitar por medio de la lectura" sólo unos cuantos textos oficiales? El iluminado espacio de la biblioteca se oscurece lentamente y tiende a desaparecer.
Tal vez, en nuestra capital, el más evidente monumento a la lectura se encuentra en Avenida Primera: la vieja Biblioteca Nacional. Ese edificio debería existir, aunque fuera como un sitio histórico, un rincón para la cultura. Ahora se convirtió en un inmueble más útil y funcional para las necesidades contemporáneas: en un estacionamiento.
¿Es la lectura una forma de felicidad? Derivado del latín felicitas, esta palabra está habitada por el placer, la satisfacción, el gusto grande. Poco o nada de ello encontrarán los estudiantes de la Educación General Básica cuando deban leer un texto literario pensando que se les puede preguntar cualquier detalle para probar su incertidumbre, su mal tránsito por las páginas.
La lectura escolar, de esta forma, se convierte en el silencio, en el anaquel vetusto y sombrío, en el olvido del poeta. Al fin y al cabo, ¿para qué sirven los poetas? No curan enfermedades, no construyen puentes ni viajan al espacio. Los versos no sirven para promulgar leyes ni detener guerras, pero la escritora cubana Dulce María Loynaz tejió estas palabras en su libro Poemas sin nombre y en ellas vislumbré la respuesta al misterio:Si el hombre perdiera los pájaros del aire, los poetas inventarían nuevos pájaros, sacarían perlas al surtidor, sangre a la música, para imitar el canto fenecido.
Si el hombre perdiera las flores de la tierra, los poetas se las devolverían en cada nube del atardecer, en cada sueño de sus noches. Redivivas por el canto inextinguible, el hombre no podría olvidarlas, y entonces, para él, todo el año sería primavera.
Si el hombre perdiera los poetas, seguiría siendo el dueño del mundo; pero no escucharía el canto de los pájaros, aunque los pájaros cantaran todos los días, ni aunque la poseyera, él sabría en verdad lo que es la rosa.