El enigma de Carlos Francisco Monge
Flora Ovares

El poemario "Enigmas de la imperfección" de Carlos Francisco Monge, merecedor del Premio Nacional Aquileo Echeverría, destaca por el cuidado y la pureza de su lenguaje, por la riqueza evocativa y la fuerza de los mundos y obsesiones convocados.

El libro está dividido en cuatro secciones, cada una precedida por un texto en prosa. Esta doble textura apoya otro desdoblamiento pues la voz lírica se duplica en una especie de personaje, Alguien, quien da cuenta de las circunstancias del proceso poético.

El juego entre este mundo exterior presente en la prosa y los poemas confiere movilidad al conjunto. Hace pensar en los telones de un escenario del que surge la presencia difusa de la ciudad y la vida cotidiana. Primero emerge ese entorno que nos construye y a la vez nos borra en la soledad y el anonimato, mundo de silencio y olvido frente al que se erige la palabra del poeta.

En el interior de ese escenario, alientan las pasiones del autor, algunos de los temas que se reiteran a lo largo de su obra previa. Surge sobre todo el dilema del tiempo, de la pérdida de la inocencia, de la precariedad del existir. Ejemplo de estos son "Sin nombre", "Descripción de lo que fuimos" o "Coplas por la suerte de mi padre", uno de los mejores poemas del libro.

Es como si el hablante nos dijera: "aquí está el mundo de cada día, hecho de olvido. Frente a él, el poema, que impone el recuerdo; dentro del poema, el tiempo, que lleva a la nada". De manera que la estructura misma del poemario constituye una reflexión sobre el quehacer literario.

Por eso, otro de los temas que atraviesan el libro es la poetización del quehacer literario, presente en textos como "Arcángeles" y "Oficio de poesía". Emisarios de dioses ocultos y desaparecidos, los poetas "no sirven para nada" pero "ellos vienen felices, con su pan, sus antorchas, su corazón en paz, como ángeles hermosos, sosegados".

Ante este dilema, este enigma, el hablante se sabe habitado por voces antiguas o cercanas, se siente sumergido en los sonidos y los murmullos de la poesía de otras épocas. Desde el homenaje a poetas desaparecidos recientemente, como Rodrigo Quirós e Isaac Felipe Azofeifa, hasta los ecos de otras voces más lejanas: Virgilio, Jorge Manrique, Shakespeare, la poesía española de los Siglos de Oro y las vanguardias, Darío incluso.

Aparece también la Mujer como el origen del decir poético, asunto constante en la poesía de Monge. De ahí se llega al tema del amor, que alienta hermosísimos textos como "La cancela", "Oración por la muchacha que eres" y "Tus piernas".

Todos estos temas y motivos se entrelazan, de manera que parecen desplegarse simultáneamente ante el lector, en una ilusión de presencia semejante a la del teatro, cuya magia insiste en la verdad de lo que se mira mientras su artificio niega la realidad del espectáculo.

En ese escenario de palabras, el hablante, como un Hamlet obsesionado por los fantasmas que lo habitan, profiere el poema, rompe el silencio. Porque los poetas guardianes de la memoria, insisten, trapecistas también ellos, en mantener el precario equilibrio entre el desencanto y la confianza. Como el mismo Monge dice en otro lugar, "Lo que no podemos hacer es callar. El silencio es una forma de complicidad". Aunque al final todo sea solamente "palabras y palabras y palabras".

 

Flora Ovares

Carlos Francisco Monge, Enigmas de la imperfección, Heredia; Editorial de la Universidad Nacional, 2002.