Los cuentos latos y relatos de Durán Ayanegui
Por Santiago Porras
La antología de un autor de antologíaJézer González ha puesto toda su imparcialidad y sapiencia literaria para compilar y comentar unos cuantos cuentos de Fernando Durán Ayanegui, en el libro Cuentos y relatos escogidos, alivianándole el camino a quienes quieran leer o releer sus escritos. A lo largo de esa antología, publicada por la Editorial Costa Rica, y orientados por comentarios de González, se puede constatar la variedad y calidad de los recursos narrativos con que cuenta Durán Ayanegui para atrapar y deleitar al lector, sin recurrir al expediente, sin duda transgresor y novedoso, pero ingeniosamente menor, de escandalizar almas sencillas con explicitudes propias de la “Colección pimienta”.
Concluye el comentario Jézer González con el siguiente párrafo: (...) Es necesario indicar que una descripción de esta naturaleza no tiene como fin valorar la obra después de escrita, sino invitar vehementemente al público a una lectura que le permita el conocimiento y el goce estético de muchos de los mejores relatos de la narrativa costarricense actual, cuyo interés y calidad estética la sitúan dentro de la mejor narrativa hispanoamericana de hoy. Si esta afirmación es confiable, tanto porque proviene de una persona suficientemente erudita en el tema, como porque nadie pone en duda su integridad profesional, la pregunta que surge es: ¿Por qué entonces Fernando Durán Ayanegui no es lo suficientemente reconocido fuera de nuestras fronteras, como pareciera indicarlo su exclusión de algunas de las antologías más recientes que se han hecho sobre cuentistas centroamericanos?
La conspiración de las virtudes
Varias son las circunstancias que podrían explicar esa carencia en la difusión de una obra literaria de tal nivel. Una de esllas es el ejercicio público de su criterio (al que instaba Martí), que lo enfrenta, a veces acremente, con personas que no comparten sus ideas, algunas de las cuales están vinculadas con la actividad literaria, y dentro de las que no han faltado quienes le cobran esa beligerancia, ignorando o “ninguneando” su faceta de escritor, en una situación similar a la que, el mismo Durán Ayanegui lo ha expresado, sufre Alberto Cañas.
Sobre "Dos más uno"
El título de este voluman obedece precisamente a la imposibilidad de clasificación que el autor menciona en la dedicatoria. Relatos cortos, relatos de mediana extensión, relatos largos y más de trescientos haikus se reúnen aquí para darnos una muestra de la versatilidad y ¿por qué no?- el desparpajo de este científico, escritor y educador que ha mantenido vigencia en la literatura costarricense durante más de cuarenta años.
Con un pudor que puede resultar sorpresivo para quien no lo conozca bien, Fernando Durán Ayanegui, en consonancia con lo que hicieron muchos autores de la vieja guardia, renunció a la autopromoción, dejando que su literatura se dé a conocer mediante lo que Benedetti ha considerado “otra forma menor de crítica”, refiriéndose “al comentario oral, a la explicación estimulante, al rumor que provoca”, o sea el “boca a boca” entre lectores, sin los prejuicios de quienes lo conocen personalmente; un carácter que, al menos en su intención original (que se pierde con su publicación), busca animar este comentario inconsulto con el autor. Esa escrupulosidad, que algunos representantes de las nuevas generaciones han obviado sin rubor, no le ha ayudado a “estar en el momento y el lugar preciso” para figurar con sus mejores narraciones en esas aludidas antologías regionales. Tampoco contribuyó a ese propósito de promover sus obras, su negativa –sin duda loable- a publicar en las editoriales estatales mientras mantuviera vínculos con ellas. Sin menospreciar lo mucho que ha hecho la Editorial Guayacán por dar a conocer sus libros, el sello de una editorial oficial les habría dado mayor proyección.
Candil de la casa y de la calle
Pero, por supuesto, Fernando Durán Ayanegui no es un autor desconocido: cuatro premios Aquileo de cuento en la década de los ochenta lo consagraron como el mejor cuentista de su generación. A nivel internacional su novela Cuando desaparecieron los topos obtuvo, en España, en 1990, el primer premio en un concurso de novela corta convocado con motivo del quinto centenario del Descubrimiento. Otra novela suya, Las estirpes de Montánchez fue publicada también en España, y La joya manchada (que aparece en esta antología con el nombre de Sinfonieta Onírica) obtuvo un accésit en una convocatoria de los Juegos Florales de Quetzaltenango.
También algunos de sus trabajos han sido objeto de estudio y análisis por parte de especialistas como el citado de Jézer González, el de Claudio Bogantes de la Universidad de Aarhus en Dinamarca y el de Fernando Burgos, profesor de la Universidad de Memphis, en su obra El cuento hispanoamericano en el siglo XX, publicada en Madrid. Asimismo figura en Moderne Middenamerikaanse verhalen, (Ámsterdam, 1984) la única antología de cuento centroamericano traducido al holandés de la que tengamos noticia. E, incluso, varios de sus textos fueron lecturas recomendadas en los programas oficiales de educación; pero pareciera que todo eso no fue suficiente para que el reconocimiento permanente suyo dentro de la narrativa centroamericana actual se haya dado.
Escribir buscando la plenitud
Los cuentos y relatos de Durán Ayanegui no siguen una fórmula preconcebida y por lo tanto previsible. Tal y como se interpreta de la exposición de Jézer González, es un autor en constante evolución que apela a diferentes recursos formales, no por un simple esnobismo experimental, sino para lograr un mejor efecto en el lector, atendiendo el carácter particular de la anécdota que narra. No obstante, en un evidente ascenso hasta el cuarto momento de que hablaba Borges –aquel en que “la voz del escritor es la de todos, pero con plenitud”-, en su prosa, pueden entreverse, influencias de algunos de sus autores preferidos, trazas de la intelectualidad y de la impostura del mismo Borges, la ironía sabia de Sciascia, el pesimismo, sin llegar al extremo, de Ciorán, con la contribución personal de la conmedida y entreverada dosificación de esos rasgos, unidos a su singular visión de la literatura, donde prevalecen el “humor reflexivo”, la perspicacia y la ausencia de la pretensión de erigirse en “ingeniero de almas”.
Aunque todos los cuentos son destacables –de otra manera el compilador no los habría incluido- algunos tienen significaciones adicionales a su naturaleza de cuento o relato. Por ejemplo, Zapatos fue el cuento con el que Durán Ayanegui inició su camino narrativo. Quienes hemos andado descalzos (y no por la playa, precisamente) sabemos lo significativo que es andar descalzo o no. Por allí leí que la pobreza de una persona se expresa por la condición de sus zapatos; entonces, si se considera la elucubración de Pedrito: “Ser descalzo no es ser rico ni ser pobre (...)”, ser descalzo sería, en palabras de Galeano, como no llegar ni a pobre.
El puntito curioso es un cuento cuyo título, ingeniosamente ambiguo, es efectivo en el propósito de invitar a su lectura. Al final se constata que cualquiera de las significados presumidos se cumple: el puntito es curioso porque desea conocer, de otra manera no emprendería la aventura de desplazarse por la página, y es curioso también para el lector, porque ¿cómo no va a ser curioso para alguien “un puntito curioso”? Agréguese a ese tino la destreza de convertir unas, para muchos, áridas definiciones preliminares de geometría euclideana (las que se refieren al punto y la línea convencionales, y que el mismo Borges calificó de falsas) en un cuento ingenioso y agradable, cuya lectura arranca sonrisas al lector sensible.
Pese a tantos aciertos, es, a mi juicio, en Marcha etrusca donde Durán Ayanegui alcanza su plenitud de cuentista. Allí, pone la erudición al servicio de la impostura literaria y redondea un relato magistral. Es tanto el acopio de “coincidencias” históricas que hace, que resulta una narración absolutamente verosímil; no sería raro que un lector desprevenido –o que desconozca de la fina ironía de Durán Ayanegui-, lo tome en serio, y hasta presuma ante sus abundantes y pocos leídos amigos futboleros, de que sabe la “verdadera” versión sobre el origen del fútbol; si no es que aparece el vivazo que se apropia del relato y lo mande camino al anonimato que le asegurará la inmortalidad de que hablaba Machado. Este es un cuento imprescindible en cualquier antología que sobre ese género se haga de Costa Rica.
Libro para solazarse. Allí están algunas de las mejores páginas de la cuentística de nuestro país.
Santiago Porras
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Tel. 232 72 74
Correo electrónico: siporras@hotmail.comSan José, 12 de mayo de 2004