La vida cotidiana de nuestros abuelos (1801-1910) de Elías Zeledón
Por Evelyn UgaldeEste es un libro de nostalgias, de tiempos pasados que no volverán pero que aún existen en los recuerdos de miles de adultos mayores que comparten con nosotros sus historias y tradiciones.
"La vida cotidiana de nuestros abuelos" de Elías Zeledón es una recopilacion de entrevistas que se le hacen a personas mayores de 80 años sobre la Costa Rica del siglo diecinueve, contempla el período de los años 1801-1910.
"Conversar con nuestros mayores, con aquellos viejos robles que pusieron su músculo y su inteligencia al servicio del país en diferentes formas, es interesante y sumamente instructivo. Grandes enseñanzas se derivan de estas pláticas. Los recuerdos gratos e ingratos, vienen hasta nosotros en forma desordenada pero espontánea y valiosa. Por esto cuando un anciano cuenta su historia la escuchamos con reverencia tratando a la vez de encadenar toda la serie de acontecimiento, a fin de que la narración siga el curso que siguió la vida del actor".Es un valioso instrumento de investigación para el estudioso y es una amena y sabrosa lectura para cualquier lector en busca de un rato de solaz.
Es así como conocemos cómo Ñor Valentín hizo que Braulio Carrillo le perdonara una deuda, cómo fue que el joven Blanco Corrales inventó un reloj hidráulico, cómo fue que el autor del "Duelo de la Patria" comenzó su carrera como cornetilla, como el expresidente Jesús Jiménez fue el que le enseñó a manejar la máquina de coser a las señoras de Cartago, cómo fue la vida de Leandro Cabalceta, el autor del "Punto Guanacasteco" y cómo Costa Rica contribuyó con doscientas rifles y algún dinero a la independencia de Cuba.Se relatan tradiciones de los pueblos como los inolvidables mantudos, con personajes como "el Gigante","la Gigante", El Diablo", "El Hombre de los Zancos", "la Copetona", el "Viejo de la Vejiga", "la Muerte", el "cuijen", el "macho Ratón", "la Segua", "el Padre sin cabeza", "los Diplomáticos", y muchos más.
Todas ellas rodeadas de buenos recuerdos, pero también de malos recuerdos como los pleitos de machete: "parece ser que esos pleitos eran como una especie de deporte, para entretenerse los domingos......A sí, era algo así. Mire, aquí había una costumbre muy fea. Cuando se fue tupiendo de gente y llegaban de un pueblo a otro a pasear; apenas se tomaban sus traguitos comenzaba la peleadera a puro machete. Unos pleitones que daba miedo..."
Se relatan historias de solidaridad, que nos deja a las actuales generaciones un importante ejemplo a seguir, como por ejemplo la anécdota que relata María Josefa Oreamuno: "recuerdo cuando en 1865 salía por las calles de Cartago un tamborcillo avisando a los fieles que al caer la tarde despúes de las horas de trabajo, se reunían todos sin distinciones de clase, edad o sexo, a trasladar la teja de la vieja Parroquia de la Soledad para terminar de entecharla. Otras veces el tamborcillo citaba para que todos acudieran a acarrear la tierra, para apisonar el suelo y embaldosarlo luego con ladrillo cuadrado, grande de arcilla"...
Se entrevista a ancianos de edades entre los 80 años y los 112, quienes dejan abiertas las puertas de sus recuerdos para que nos traslademos a esos mundos de antaño. Comparten sus historias, sus costumbres, y sus secretos. por ejemplo doña Adela castro, de 96 años nos revela su secreto de la longevidad: "no fumar y tener método para todo: comidas a horas, sueño a horas y trabajo a horas también.
Se transita por remotos lugares que aún existen, pero que han cambiado día con día, por ejemplo la forma en la que se describe al Parque Central es sumamente interesante: "Pues sí. Había muchos árboles y aquello era un completo mercado: vendían verduras, gallinas, tiliches, turrones, etc. en fin, cuanta cosa había."
Oficios desaparecidos también tienen su lugar en este libro, como lo es el oficio de los que metían leña: "las personas de posición que no querían poner a sus niños en la faena de meter de las calles los montones de palos secos y bien cortados para la lumbre de la familia, llamaban a peones ambulantes que iban de puerta en puerta, preguntando si metían la leña descargada frente a sus casas. Era un oficio, hasta lucrativo, de algunos inservibles para trabajos de mayor fuerza, conducir la leña desde la calle al interior de la casa y acondicionarla en forma indicada por la dueña. Hará unos cuarenta años ( afinales del siglo 19) esta tarea se pagaba con quince centavos y una taza de café con pan, o un gallito de frijoles o de picadillo del día anterior y si era hora oportuna también con almuerzo.
O el oficio de farolero, "quien en las horas de medio día recorría toda la población con una pequeña escañerita arreglando los faroles, alimentados con canfín y aproximándose la noche, salía de nuevo e iba dando luz a todos los faroles".Se habla en esta obra de grandes personajes de nuestra historia: Jesús Jiménez, Braulio Carrillo, entre muchos otros. De Juan Santamaría se revelan aspectos desconocidos de su personalidad: "ese zambo era tambor de las tropas de nosotros, por cierto que yo y otros más no lo queríamos porque le gustaba robarse los almuerzos. A mí me robo uno en Santa Rosa y otro antes de llegar a Rivas. Era un cholo alto, cenceño, pelo engreñao, con los güesos de la cara muy salios y los ojos que parecía que seliban; sin sosiego, parecía un venao o que tenía azogue en el cuerpo porque nunca sestaba quedito y muy hambriento. Eso sí muy valiente porque en el camino voló tambor hasta no cansarse y en Santa Rosa peleó duro con el tambor y con el jusil"...
Como puede darse cuenta, es un buen libro y una invitación para volver la vista hacia el pasado con ansias de conocer esos tiempos mejores.